¿Qué haré entonces con Jesús?

¿Qué haré entonces con Jesús?

Me pareció apropiado usar las palabras pronunciadas por el gobernador romano Poncio Pilato muy poco antes de la crucifixión de Jesús de Nazaret, para titular este breve tratado —casi dos mil años después— (Mateo 27:22). La situación enfrentada por Pilato y la que enfrentamos cada uno de nosotros es, a fin de cuentas, la misma: ¿Qué haremos con esta problemática persona llamada Jesús? Para nosotros, como para Pilato, no hay escapatoria: No podemos evitar tomar una decisión al respecto.

Pilato se sintió incómodo con Jesús. “Porque él sabía que le habían entregado por envidia”, y que Jesús no había cometido crímenes dignos de muerte. Además, había algo de misterio en este Hombre que se conducía con tanta calma y autoridad, que no respondía a las falsas acusaciones en Su contra, y que hablaba de un “reino que no es de este mundo”. Y, como si esto fuera poco, estando sentado en el tribunal su esposa le envió este aviso: No tengas nada que ver con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por causa de Él”. Sin embargo, a pesar de su sensación interna de la injusticia —y de lo incorrecto de todo aquello— Pilato pronto accedió a las presiones de la multitud y entregó al más santo de todos los hombres a la muerte vergonzosa de la cruz (Mateo 27:11-26; Lucas 23:20; Juan 18:33-38). Tengo la esperanza de que algunos de los que lean estas líneas dejen de seguir los pasos de Pilato y reconozcan a Jesucristo como su Señor y Dios.

LAS CUATRO ALTERNATIVAS

En primer lugar, quiero decir que ser “neutral” con respecto a Jesucristo es imposible, porque Jesús dijo lo siguiente: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama” (Mateo 12:30). Según Sus palabras tenemos dos opciones: estar entre aquellos que lo aman y lo siguen, o entre los que lo odian y buscan destruirlo; no hay posición intermedia.

Frecuentemente, los defensores de la fe cristiana han resumido esta situación en cuatro puntos, dentro de dos grandes divisiones: Por un lado, los que reconocemos a Jesús como la Verdad. Por otro lado, los que se niegan a aceptar sus declaraciones como verdaderas y, por consiguiente, afirman automáticamente (aunque tal vez sin darse cuenta) que creen que Jesús es: o un mentiroso, o un lunático, o una leyenda.

Las razones para resumirlo así son las siguientes:

Jesús de Nazaret, de entre todos los líderes religiosos del mundo, hizo afirmaciones con respecto a Sí mismo que son absolutamente inigualables. Él afirmó tener el poder para perdonar pecados y el derecho a recibir adoración de parte de Sus semejantes. Exigió devoción absoluta hacia Su propia persona, y prometió a los hombres dones divinos tales como paz y vida. Afirmó ser el Hijo Único de Dios, y dijo que vendría en poder y gran gloria al final del mundo para juzgar a todos los hombres. Enseñó que Él no tenía pecado y que era moralmente perfecto. Enseñó como quien tiene autoridad absoluta, y dijo que hasta Sus palabras venían directamente de Dios.

Aseguró que Él es la Luz y el Salvador del mundo entero… Por consiguiente, cuando rechazamos la verdad de las palabras de Jesús, nos quedamos con pocas alternativas en cuanto a Su verdadera naturaleza. Un hombre que aseguró ser todo lo que Jesús afirmó ser y, sin embargo, no lo era, tuvo que haber tenido la intención de engañar, haber sido un enfermo mental, o haber sido algún personaje inventado —todas las demás posibilidades son, en el mejor de los casos, sólo combinaciones de estas tres. Sin embargo, cuando consideramos la vida de Jesucristo, cada una de estas “posibilidades” resulta ser tan imposible, que si no fuera por la dureza de los corazones de los hombres no habría necesidad de contradecirlas.

¿ERA UN MENTIROSO? – Jesús sostuvo que era Dios, pero sabía que no lo era.

Para cualquier persona con verdadero entendimiento moral que haya leído el relato bíblico de las palabras y los hechos de Jesús, la sola insinuación de que Jesús era un mentiroso resulta absurda y no necesita ser contradicha. La integridad de Cristo es incuestionable. Incluso el historiador irlandés William Lecky, que no creía en la fe cristiana, reconoció que “el carácter de Jesús no sólo ha sido el más alto modelo de virtud, sino el más fuerte incentivo para su práctica; y ha ejercido una influencia tan profunda, que bien podría decirse que el simple registro de tres cortos años de vida activa han hecho más para regenerar y suavizar a la humanidad que todas las divagaciones de los filósofos y todos los discursos de los moralistas dando razones para que se haga o se deje de hacer algo”.

Las enseñanzas éticas de Jesús fueron incomparablemente sublimes, y Su propio carácter un modelo de excelencia moral. Odiaba y denunciaba la hipocresía en otros, y Él mismo era transparente, sencillo y puro. Habló del diablo como refiriéndose a alguien real y dijo que es “el padre de la mentira” (Juan 8:43-45) y dio a conocer que Él había venido al mundo para “dar testimonio de la verdad” (Juan 18:36-37). Dijo que creyeran en Él: “Si no fuera así, os lo hubiera dicho”, aseguró a Sus discípulos (Juan 14:1-2).

Ciertamente no hay lugar aquí para la idea de que Jesús basó toda Su vida y enseñanzas sobre “una mentira colosal en cuanto a Su verdadera naturaleza” (Montgomery). Las novelas, las películas y los álbumes de discos que han aparecido en los últimos años, retratando a Jesús de una manera retorcida, no nos dicen nada sobre el verdadero Cristo de la historia; pero sí nos dicen mucho acerca de la terrible enfermedad moral de nuestra propia generación. Todos los que van contra la sanidad moral y eligen inventar su propia versión pervertida del Jesús histórico, están al borde de caer en el “pecado imperdonable” del que Él habló. Cuando Jesús estuvo en esta tierra hubo personas a las que el Espíritu de Dios estaba llamando a creer, que supieron que estaban en presencia de la Bondad encarnada y, sin embargo, eligieron atribuir todas Sus obras al diablo (Marcos 3:22-30).

¿ERA UN LUNÁTICO?- Jesús creía que era Dios, pero en realidad no lo era.

En la actualidad hay muchas personas que sufren de delirios de grandeza, pensando que son Dios —o Napoleón. Ellos son correctamente catalogados como locos, trastornados y desequilibrados. Sin embargo, Jesús hizo afirmaciones a favor de Sí mismo que son tan extravagantes como las de muchos que en este momento son pacientes en salas psiquiátricas.

Como J.W. Montgomery lo expresó: “Sé que se llamaría de inmediato a los hombres de los delantales blancos si yo seriamente hiciera acerca de mí mismo las afirmaciones que hizo Jesús”. Sin embargo, la “posibilidad” de que Jesús estuviera engañado es muy fácilmente desechada. Es tan claramente necia que no hay necesidad de hacer una defensa (Juan 10:20-21). “¿Está un intelecto tan grande —claro como el cielo, vigorizante como el aire de la montaña, agudo y penetrante como una espada, totalmente sano y vigoroso, siempre listo y siempre auto-controlado— expuesto a un radical y al más grave delirio con respecto a su propio carácter y misión? ¡Imaginación disparatada!”.

(Schaff) La posibilidad de que Jesús estuviera engañado acerca de Sí mismo es descartada inmediatamente una vez que entendemos Sus parábolas, observamos Su vida perfecta, nos formamos una idea acerca de Su compostura y equilibrio bajo presión, o escuchamos las respuestas que Él da cuando está bajo interrogatorio. ¡Si sólo fuéramos tan cuerdos como Jesús! C.S. Lewis lo dijo bien: “Lo que diferencia la profundidad y la cordura y (permítanme añadir) el acertado entendimiento que hay en Su enseñanza moral de la megalomanía desenfrenada [un estado psicológico caracterizado por delirios de grandeza]; lo que hay detrás de Su enseñanza acerca de las cualidades y perfecciones de Dios —a menos que Él sea realmente Dios— nunca ha sido superado satisfactoriamente”

¿ES SÓLO UNA LEYENDA? – Jesús realmente nunca afirmó ser Dios; las palabras atribuidas a Él fueron en realidad inventadas por otros.

Multitudes de estudiantes universitarios incrédulos abrazan de manera nebulosa la idea de que Jesús no es más que una leyenda, pero al igual que las anteriores “posibilidades” ésta no tiene ninguna comprobación. Una vez más, aquellos que han contemplado con sensatez la persona retratada en los registros de los evangelios saben que Él está completamente más allá del alcance de la invención humana. “Un personaje tan original, tan completo, tan uniformemente consistente, tan perfecto, tan humano y, sin embargo, tan por encima de toda grandeza humana, no puede ser ni un fraude, ni una ficción. El poeta, como se ha dicho, sería en este caso mayor que el héroe. Se necesitaría más que un Jesús para inventar a Jesús” (Schaff).

En palabras de Gresham Machen: “Sin duda, el Jesús de los Evangelios no es el producto de la invención o del mito; Él está enraizado demasiado profundo en las condiciones históricas; Él se eleva demasiado por encima de aquellos que por cualquier posibilidad pudieran haberlo producido”. (Énfasis añadido.) ¡No hay absolutamente ninguna base para sugerir que el Jesús histórico no es más que pura invención de un grupo de fanáticos religiosos apasionados!

Además, la idea de que entusiastas seguidores de Jesús de los siglos II y III comenzaron a falsear Su grandeza y a poner palabras en Su boca que a Él le habría sorprendido mucho escuchar, no puede mantenerse en pie a la luz de la investigación histórica. La evidencia de que las biografías de Cristo fueron escritas dentro de la vida de Sus contemporáneos es ahora tan fuerte, que incluso el ya desaparecido William F. Albright llegó a sostener que “cada libro del Nuevo Testamento fue escrito por un judío bautizado, entre los años cuarenta y los años ochenta del siglo I d. C. (muy probablemente en algún momento entre los años 50 y 75 d. C.)”. Hasta su muerte en 1971, el Dr. Albright fue considerado el principal de los arqueólogos bíblicos estadounidenses. Es significativo que él llegara a estas conclusiones, a pesar de su visión algo “liberal” de la Biblia.

¡Piénsalo! Las primeras biografías de Jesús fueron escritas cuando cientos de los que lo habían visto y oído aún vivían (Jesús fue crucificado alrededor del año 30 d. C.). Que un simple mito acerca de Cristo —en la forma del evangelio, sacado de la nada y sin relación con la realidad— hubiera ganado la aceptación de los primeros cristianos cuando todavía había tantos testigos oculares entre ellos, no es creíble.

Si los seguidores de Jesús lo hubieran elevado falsamente a la posición de Mesías contra sus propios deseos, entonces esperaríamos que el Jesús fabricado por ellos se pareciera al “Mesías” político y militar que la gente esperaba que apareciera. Lo cierto es lo contrario, en realidad. Citando nuevamente a Montgomery: “Sin lugar a dudas, históricamente se puede probar que en cada punto importante, la concepción de Jesús de Sí mismo como Mesías no se ajustó en nada a las concepciones que tenían todos los partidos entre los judíos”. En resumen, “la gente de ese tiempo quería un Mesías como un rey, no un Siervo sufriente; ellos querían un libertador político humano, no un Salvador espiritual divino”. (Pinnock)

Es igualmente imposible que los apóstoles originales hayan llevado a cabo el engaño, y deificado a Jesús. Ellos eran psicológica, moral y religiosamente incapaces de transformar a un simple Jesús moralista en un Cristo divino. Cada uno de ellos había sido educado por siglos en el monoteísmo judío; y tomaba tiempo visualizar y aceptar la verdadera importancia de Jesús. Y, en cualquier caso, “¡ellos difícilmente habrían estado preparados para morir por algo que, en su mayor parte, ellos mismos hubieran inventado engañosamente!” (Pinnock)

Teniendo en mente la debilidad y la falta de méritos de estas “alternativas”, volvamos a las palabras de Pilato. “¿Qué haré entonces con Jesús?” Esta pregunta es de una importancia que no se puede medir. Según el Señor Jesucristo, responder indebidamente es perecer para siempre: “ … Porque si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados” (Juan 8:24). Es más, nadie puede escapar dando a esta pregunta una respuesta cualquiera. No decidirse por Jesucristo es ya decidir contra Él. Negarse a reconocer la verdad de Sus afirmaciones es automáticamente aplicarle a Él el mayor de los insultos. Con Jesús, una tregua no es posible.

A menudo se nos pregunta a los cristianos qué se necesitaría para que abandonáramos nuestra fe. Bien podemos hacer esta pregunta a cada uno de ustedes, amigos incrédulos. “¿Qué haría falta para que abandonaras tu incredulidad?” En un sentido, los cristianos no buscamos que los hombres crean en Cristo, sino que buscamos que dejen la incredulidad! —Que dejen de acallar lo que saben que es verdad y se vuelvan del pozo seco y agrietado de la autonomía humana, a la fuente de aguas vivas. “Y el que tiene sed, venga.” (Jeremías 2:13; Apocalipsis 22:17).

of Lake Road Chapel
Kirksville, Missouri